Nación e Imperio frente a las minorías.

Dos modelos diferenciados de integración

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Las relaciones del estado-nación con las distintas minorías en su territorio se han caracterizado tradicionalmente por estar rodeadas de dinámicas de violencia -ya sea física, simbólica o estructural-. Pero si bien es cierto que a lo largo de la historia un seguido de minorías -judíos, gitanos, etc.- se han encontrado bajo una persecución constante, la intensidad de dichos episodios alcanzó su cénit a lo largo del siglo XX: los episodios de limpieza étnica perpetrados por Turquía contra los armenios, el sufrido por el pueblo judío a manos del nazismo, el caos desatado en Yugoslavia a finales del pasado siglo, etc.- Podemos inferir, por tanto, que existe una intensa relación entre el aumento de la violencia y el estado-nación como articulación política de la sociedad.

Pero si, como bien es posible concluir con un ejercicio de pensamiento histórico, el siglo pasado dejó como testimonio un paisaje político en el cual estado-nación era el rey y una relación que, a grandes rasgos, se podría definir como “tensa” con los distintos grupos poblacionales minoritarios, ¿cuáles han sido las articulaciones políticas que le han precedido y por qué motivo las minorías no han experimentado episodios de violencia y persecución análogos a los del siglo XX?

Una posible respuesta puede llevarnos a contemplar el siglo XX como resultado de un proceso continuo crecimiento y acumulación de poder por parte de los estados que concluyó con la producción de un tipo de violencia nunca vista hacia los sectores más vulnerables de sus sociedades. Independientemente de lo acertado o no de dicha conclusión, para este ensayo trataré de argumentar una respuesta enfocada en las propias lógicas internas de las estructuras y articulaciones del poder político.

Recapitulando desde una óptica histórica, pese multitud de entes políticas florecieron y se consolidaron con anterioridad al ya pasado siglo XX -repúblicas mercantiles como Venecia, modelos como el de las Provincias Unidas donde el republicanismo se entremezclaba con una figura monárquica, monarquías como la inglesa con un poder real limitado, ciudades-estado como la archiconocida Florencia, etc. -, una de ellas ha predominado sobre el resto sobresaliendo significativamente: el imperio.

Diseccionar las dinámicas políticas e institucionales de cualquier imperio resulta una tarea tan ardua como compleja, pero en lo referente a las minorías -lo cual es el objetivo de este artículo-, sus estructuras destacan por mantener una postura totalmente contrapuesta a la del estado-nación. Mientras que dicha articulación política mantiene, derivado del hecho de erigirse siguiendo patrones nacionales que se entrelazan con lo cultural y lo racial, una actitud de exclusión de todo aquello que no es lo predominante -lo “nacional-; el imperio ha destacado tradicionalmente por desarrollar tanto una ideología que le ha permitido pasar por encima del plano cultural y étnico como mecanismo de integración de las minorías.

Ejemplos de ello lo podemos encontrar en múltiples expresiones imperiales y dentro de un marco temporal y territorial extenso. En el caso de la época antigua, nos encontramos con que Roma -por recurrir a un caso enormemente tratado por la historiografía- desarrolló tanto un concepto de pertenencia al Imperio que trascendía de cualquier concepto de pertenencia a un grupo étnico – la ideología imperial discurría paralela al concepto de civilización frente al mundo bárbaro- como mecanismos de participación de los distintos grupos culturales que originalmente no formaban parte del imperio en éste -cualquiera podía, independientemente de su grupo cultural, formar parte del proyecto imperial ya que, por ejemplo, un no-ciudadano podía alistarse como auxiliar dentro de las legiones y recibir el estatus de ciudadano pasados veinticinco años-.

Dentro del propio Medievo, los reinos cristianos desarrollaron mecanismos de integración de colectivos tradicionalmente minoritarios como por ejemplo han sido los judíos. Éstos no eran considerados como meros súbditos, sino que su jurisdicción era cuestión del propio monarca formando parte de la “propiedad” de éste. De tal modo, éstos se situaban bajo la protección directa del soberano, evitando -pese a que los episodios de ataque y a los mismos judíos y sus propiedades se dieron a lo largo y ancho del mundo medieval- que éstos se encontraran totalmente desprotegidos frente a la ira del resto de súbditos.

El mundo islámico e incluso el asiático no resultan excepciones dentro de esta dinámica imperial. En lo referente al primero de éstos, destaca la figura de los dhimmis bajo la cual los colectivos cristianos residentes en territorio musulmán no estaban obligados a convertirse al Islam -respetando su condición de minoría- a cambio de contribuir mediante el pago de un impuesto. En lo que concierne al segundo, las sucesivas dinastías chinas -aunque especialmente los Ming y Qing- incluyeron a multitud de minorías étnicas y religiosas -tibetanos, musulmanes del norte de la actual China, budistas, etc.- a través de las continuas campañas de expansión militar contra sus vecinos. Dentro de este escenario de fragmentación étnico-religiosa -hoy en día diríamos plurinacional- el protocolo imperial a la hora de relacionarse con éstas se distinguía por no adoptar una postura de predominio racial de los han sobre el resto, sino en construir una ideología imperial que recaía en la superioridad de su cultura -similarmente a lo realizado siglos atrás por Roma-, asegurándose así la fidelidad y participación de las distintas minorías.

Llegados a este punto, resultaría totalmente ingenuo pensar que el desarrollo de semejantes doctrinas imperiales eran fruto de la casualidad o de la magnanimidad de sus dirigentes. Más bien eran resultado de la gran paradoja que ha rodeado continuamente al imperio como expresión territorial de poder: aunque éstos parezcan poderosos debido a su extensión y capacidad de movilización de grandes contingentes -bien sea de tropas, mano de obra, etc.-, ello es únicamente posible si son capaces tanto de de integrar como de asegurarse la fidelidad de los distintos colectivos culturales que forman parte de éste ya que, en el caso contrario, la fragmentación y la descomposición imperial están servidas. Por tanto, el imperio resulta rehén de su propia lógica interna y poder.

En contraposición a este modelo, el estado-nación, debido a su emergencia en el contexto internacional como fruto de un proceso histórico concreto, se encuentra formado por una misma comunidad -en el sentido étnico, lingüístico y en la mayoría de los casos, incluso religioso-. En consecuencia, dicho modelo político se halla liberado de la paradoja poder-debilidad propia de los imperios. Así, al no encontrarse retenido por semejante necesidad de equilibrio, libera toda su furia contra los distintos grupos minoritarios que forman parte de él, siendo éstos, en el mejor de los casos, marginados por parte de un poder político ostentado por una mayoría -cultural, lingüística y étnica- diferenciada.

AUTOR:

Jordi García Muñoz. 1993. Graduado en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra. Co-director y miembro fundador del programa radiofónico Mayoría Silenciosa. Estudiante del máster de Historia del Mundo impartido por la UPF. enormemente interesado en todo lo relacionado con la Historia, el pensamiento político y poder de lo simbólico. @garciamunoz93

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