Desclasados musicales

El vídeo clip del tema de timba cubana La Preferencia, de Pupy y Los Que Son Son, cuenta una historia bastante curiosa. En la primera escena del vídeo vemos cómo los músicos de la orquesta entran a la cabina de grabación del estudio -supuestamente a grabar esta misma canción- y se encuentran con que la joven sonidista está buscando algo por el suelo. Sorprendido, el maestro César “Pupy” Pedroso -legendario pianista de La Revé, luego de Los Van Van de Juan Formell y, después, director de Los Que Son Son- se acerca a la chica y, con un gesto en el hombro, le llama la atención para mostrar que ya habían llegado. La chica, de atuendo urbano moderno, se despierta y dirige al maestro, sin vergüenza ninguna y toda la desubicación, una mirada punzante acompañada de un gesto agrio de sus labios.

habana-sunset

Comienza la grabación y, con la grabación, los problemas. Después de mostrar un plano de ella aburrida y con cara de hastío, se muestra que la sonidista no ha hecho su trabajo: tiene que ir ajustando los micrófonos al vuelo y la mesa de sonido no está bien ecualizada, aunque ella insista que sí llegando a discutírselo a Pupy y al mismísmo Juan Formell -que por ahí pasaba, según se ve-. Al ver que no había más remedio que no discutir, ambos maestros se van frustrados haciendo gestos, fundidos en un abrazo. Norisley “El Noro” Valladares -el solista- pregona:

Vivir del nombre ya no es aceptable
Que la gente ya no cree en nadie
Esa es la pura realidad.

En eso llegan al estudio Lázaro “Chucho” Valdés -antiguo director de la mítica orquesta Irakere- y su hijo Lazarito Valdés -director de la orquesta Bamboleo- y se reúnen en torno al piano de Pupy, mientras El Noro continúa cantando:

Hay una pila de cantantes por ahí,
todos con un talento enorme,
que cantan en orquestas de primer nivel
y la gente no se sabe ni su nombre.

¿Cuál es la reacción de la sonidista? Apatía total. Se aísla recogiendo los cables y no interactúa con los músicos, a los que se los ve enteramente entregados a la tarea. Los músicos tampoco se acercan a ella, salvo ya hacia el final de la supuesta grabación, momento en el cual Pupy se despide de ella con un apretón de manos un tanto frío.

Evidentemente estamos hablando de un vídeo clip y, por ello, hay que aceptar como licencia poética lo que sigue a ese apretón de manos. La sonidista, según se intuye por la iluminación, se ha quedado hasta tarde en el estudio, momento en el cual la vemos cerrar el piano de Pupy, pensativa. Escuchamos, mientras: “Para que esta música avance, / no hace falta cerrar puertas”. No sabemos si a la mañana siguiente o si se trata de un salto temporal de otra clase, inmediatamente después vemos a los músicos reunidos en un bar, tomando algo, integrados en el día a día de La Habana. El Noro lanza la gran pista del significado tanto de la canción como del vídeo clip:

Y aunque sé que hay gente que le duele
que Cuba sea un pueblo timbero.
Sé que se usa la gorra,
pero prefiero el sombrero.
¡Rumbero!

La mención de la gorra va contra el hip hop, el reggeaton y otras formas comerciales que no pertenecen a la tradición cubana. La mención del sombrero es un alegato en favor de la tradición -el son cubano-, que debía bailarse en los casinos deportivos vestido de etiqueta. La canción, de hecho, sigue con: “Oye, Benny [Moré], / camina confiado, / que estamos enteros”. Inmediatamente después de esto se abre el puente de mambo cubano -otro género popular del cual se incorpora en la timba siempre una sección breve-, mientras vemos a Pupy saludar una efigie de Benny Moré, quien fuera uno de los soneros más importantes de Cuba. Para rematar la faena, la exclamación “¡Rumbero!” es otra referencia en favor de lo profundamente popular: la rumba cubanaAunque el camino es largo de explicar, del son y la rumba surgen el género que se denominó más tarde “salsa” -por parte de los puertorriqueños y cubanos de Nueva York- y, a través del “songo”, la llamada “timba” cubana… Invocando a los dos ancestros, El Noro reivindica el nuevo género popular cubano como heredero y parte de la tradición.

Pronto vemos que, a poco que Pupy entra en su camerino antes de una función, una mano femenina, con las uñas pintadas, toca la puerta. Vemos a Pupy extrañado de encontrarse con la sonidista, que ha cambiado por completo de atuendo: cabellera planchada, vestido ajustado de color oscuro, maquillada, con aretes y collar y una mirada diferente. La sonidista se ha vuelto lo que se conoce como una “timbera”. Atrás queda la distancia autoimpuesta con respecto a la música popular cubana: ahora la sonidista entrega a Pupy una tarjeta en la que solo se lee “Gracias”. Pupy se sonríe y comienza la función.

En el resto del vídeo clip vemos a la sonidista disfrutar del concierto y bailar. Su transformación -su “reconexión” con lo popular- es completa, irreversible y espiritual; el vídeo acaba con una escena de los músicos en el mismo estudio del comienzo, pero con una gran diferencia: la sonidista está plenamente dedicada al trabajo con El Noro, Pupy y Los Son Son luciendo una sonrisa enorme y con los ojos atentos a cada detalle.

El vídeo clip y la canción tienen un mensaje profundamente social y político que trasciende fronteras. Hoy por hoy una buena parte de la población de todo el mundo, especialmente los jóvenes, está desclasada musicalmente; esto es, la mayor parte de la población no reconoce como propias las formas musicales populares -del pueblo- porque han sido substituidas por algo que se suele llamar “música popular”, pero que no es más que música comercial de moda. Y esto no tiene nada que ver con el éxito de ventas, sino de otros factores; hay música popular muy rentable y música comercial que no se vende.

La música comercial mal entendida como popular adolece de un problema: como no surge de la creatividad espontánea ni de la experiencia personal ni colectiva, no dice nada sobre la vida, ni bueno ni malo, sino que se entretiene en hilar lugares comunes. Los síntomas de esto son múltiples: la mayor parte del reggeatón es vulgar porque no mira más allá de lo sexual -con un idealismo brutalista-, mucha de la música indie es pedante por conceptista -que no puede ser más comercial: vive de estafar a los pseudointelectuales-, la música “romántica” es sentimentaloide sin fuerza de lo real -es como el reggeatón, pero en versión “amor cortés”- y así todo. Ninguna de estas perdurará jamás, porque al final son todas expresiones formulaicas vacías de toda realidad.

La falta de conexión con la realidad tangible lleva a que la música que se escucha sea absolutamente conformista y, por tanto, no represente los deseos verdaderos de nadie. Así pues, vemos a toda una población y a toda una juventud que vive con una música que no les habla de lo que viven y de lo que son, sino que solo les satisface la necesidad natural de escuchar algo de música de vez en cuando. No hay identificación posible con dicha música, ni personal, ni colectiva ni nada… y de ahí que nadie ya ni siga grupos, ni tenga realmente criterio musical -hay quien sabe cosas, pero no las tiene integradas- ni realmente les guste la música. Al pueblo se le ha robado el alma.

El alma. Esa es la palabra. La música que surge de artistas que viven con los pies en la tierra es música que vibra, incluso en sus composiciones más “simples”. Muchas canciones de timba son muy autorreferenciales, pero porque pesa sobre las orquestas la censura del régimen castrista: hablan de la propia orquesta, de amigos de otras orquestas y de la propia música cubana. Sin embargo, al hablar de ello están hablando de la amistad leal y duradera en un entorno difícil, por ejemplo. Ahora bien, Los Van Van -que gozan del beneplácito total del régimen- no dejaron de denunciar con La Moda (La Keratina) la progresiva superficialización de las clases populares cubanas debido a la transformación de Cuba en parque de atracciones, aunque lo tuvieran que hacer con dobles sentidos para esquivar la censura. He aquí el punto clave: la vida es sortear obstáculos y esos obstáculos hacen que el arte sea arte popular, porque es arte que vive en sus propias carnes lo que viven las personas. Es eso lo que le insufla el alma a la música: las dificultades. Y estas no tienen por qué ser políticas: las grandes canciones de Héctor Lavoe y Willie Colón a finales de los 70 surgen del difícil contexto de abrise paso como latinos en la Nueva York de esa época, en los que la tendencia a formar gueto era un peligro que podía llevarlos a caer en lo peor -como acabó Lavoe-. ¿Quién no se estremece con De qué te quejas de Ángel Canales, que narra cómo un amigo suyo pierde la cabeza por culpa de las drogas? Y para salirnos de lo latino: la fuerza del flamenco reside en surgir de un pueblo desgarrado por la pobreza y la falta de horizontes; la del blues, en esa calma melancólica de ver pasar el tiempo en las ciudades en el interior de los EE.UU.; la del country, en esa misma calma melancólica en el entorno rural de los EE.UU.; y así, el etcétera se vuelve muy largo.

Lo que descubre la sonidista es música con alma y, por tanto, descubre la suya propia, la que “está en su frecuencia”, parafraseando la propia canción. Ese proceso, obviamente, requiere dejar de lado el pasado y eso es siempre traumático -recordemos que les discute a Formell y a Pupy-: implica separarse de la masa, de quienes no quieren “padecer” -en el sentido griego de páscho “sentir”- sentimientos porque estos les hablarán de lo sucio y poco ideal que es la vida. Al final, implica un compromiso con uno mismo ante el contexto adverso circundante de vivir intensamente y no extensamente: investigar en las raíces de lo que somos, aceptarlas y hacer que de ellas surja algo que será imperfecto e “impuro” pero sumamente poderoso.

Así que tranquilos, timberos:
que la vamos a defender.

ImagenHabana sunset, de Jaume Escofet (CC-BY 2.0)

AUTOR:

Eugenio M. Vigo. 1988. Ante todo, timbero y rumbero… y poco a poco también sonero. También soy licenciado en Filología Hispánica por la U. de Navarra y tengo un Máster en Lingüística Teórica y Aplicada por la U. Pompeu Fabra. Al parecer, también soy Doctor en Lingüística. Hasta la heterodoxia siempre. @EugenioMVigo

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