REALLY, IT’S NOT THAT GOOD

Resulta recurrente escuchar en los medios de comunicación a políticos (sean del signo ideológico que sean, pero sobre todo entre los nacionalistas y la derecha en general) poner como ejemplo de ideal democrático al Reino Unido y, más que a éste, a Inglaterra. Sin embargo, los hechos demuestran que esto no es nada más que lo que en retórica se llama un exemplum, un ejemplo que se usa para fortalecer un argumento. Lo cierto es que, como se mostrará a continuación, la realidad es bastante diferente.

Las fallas antidemocráticas en la sociedad inglesa son numerosas. Empecemos por el corazón del sistema. ¿Qué es lo que más afecta negativamente a un parlamento? Pues el hecho de que sus miembros no sean producto de la votación que previamente ha elegido a los parlamentarios. En este sentido, los sistemas electorales son los grandes manipuladores de los resultados en las elecciones. El Reino Unido tiene un sistema de elecciones mayoritario y profundamente desproporcional. Las elecciones del 2005 dan buena cuenta de ello: el partido Laborista ganó 345 escaños de 646 con solo el 35,2% del voto. Este tipo de mayorías fabricadas artificialmente por el sistema electoral han sido la norma desde octubre de 1974 y W. Rae las ha llamado “manufactured majorities” o “mayorías manufacturadas o fabricadas”. Como indica Arend Lijphart, de hecho, todos los partidos desde 1945 han ganado las elecciones gracias a “manufactured majorities”. La desproporcionalidad del sistema llega a tal punto que permite a un partido ganar las elecciones en escaños a pesar de haber perdido en número de votos: en 1951 esto es lo que ocurrió cuando los Conservadores obtuvieron una mayoría parlamentaria pero no popular sobre los Laboristas. Otro efecto del sistema electoral mayoritario británico es que tiende a expulsar a terceros o cuartos partidos. Como explica Graham Wilson, a los dos partidos principales les favorece el sistema y solo son partidarios de mínimos retoques, lo que atenta contra el pluralismo y la voz de las minorías, elementos básicos en una democracia.

Un aspecto positivo que desde la ciencia política se ha expuesto recurrentemente para tratar de compensar los efectos desproporcionales de los sistemas mayoritarios se refiere a que este tipo de sistema electoral favorece el contacto entre elector y elegido, haciendo que el segundo tome decisiones pensando en las personas que representa y no en virtud de otros intereses personales o partidistas. Pero ya ni siquiera esto se puede decir: la disciplina de partido en las votaciones es desde hace años la norma, rompiendo la autonomía del parlamentario para votar en función de lo que considera mejor para sus electores, que puede o no coincidir con aquello que considera su partido.

Otro aspecto que desmitifica el sistema parlamentario británico son las desigualdades. Algunos datos presentados por la organización The Equality Trust son suficientes para mostrar cómo de grandes son las desigualdades entre ricos y pobres en el Reino Unido. En cuanto a ingresos, el 5% más pobre de la población tan solo tiene acceso al 8% de los ingresos totales, mientras que el 5% más rico acumula el 40%. La riqueza está incluso peor repartida. El 10% más rico de la población acumula el 45% de la riqueza, mientras que el 50% de la población más pobre solo consigue un 8,7%. Unos niveles de desigualdad, según la OCDE, muy parecidos a los que existen actualmente en España.

También se ha dicho que el Reino Unido es un ejemplo democrático respecto al tratamiento de las distintas naciones que conforman el estado británico. Des del independentismo catalán se ha alabado de manera sobredimensionada a Westminster por permitir un referéndum en Escocia. En primer lugar, se debe decir que la utilización de una herramienta democrática es una excepción extraordinariamente aislada en la historia del Reino Unido a la hora de tratar los problemas nacionalistas. La norma ha sido la utilización de la violencia. El conflicto de Irlanda da buena muestra de ello: una represión que no solo se implantó a nivel de fuerzas de seguridad y ejército (como en España, el terrorismo de estado fue habitual y brutal), sino también a nivel de instituciones políticas, pues es necesario mencionar que hasta hace relativamente pocos años el sistema electoral norirlandés excluía sistemáticamente a la parte católica de la sociedad de los puestos de gobierno (también igual que en España cuando se prohibía a los partidos de la izquierda nacionalista vasca incurrir en elecciones, dejando sin representación parlamentaria a un amplio sector de la sociedad vasca). En segundo lugar, hay que examinar cómo afrontó el gobierno británico el referéndum. Lo cierto es que durante casi toda la campaña no lo afrontó y después recurrió a la campaña del miedo y a un paquete exprés de medidas. Bastante alejado al debate profundamente informado y honesto que se suponía que tenía que preceder a la celebración del referéndum. Por supuesto que el referéndum fue la solución adecuada para con Escocia, pero no existen motivos para sobredimensionar lo ocurrido.

Como vemos, el Reino Unido falla a la hora de asegurar pluralismo político y mayorías reales en su Parlamento, de combatir las desigualdades y de afrontar con una voluntad plenamente democrática las reivindicaciones legítimas nacionalistas. En un divertido fragmento de su novela Antagonía Luis Goytisolo bromea diciendo que una característica de la burguesía barcelonesa es que valora todo lo que venga de Inglaterra por el mero hecho de venir de allí: los muebles, los libros, los vestidos, los pantalones, las camisas, los sombreros y hasta los perros. Lo cierto es que nuestros políticos no son muy diferentes a esa burguesía barcelonesa que L. Goytisolo retrata en su novela.

AUTOR:

Guillem Santacruz Gómez es politólogo y poeta.  

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