Atrasar la edad de voto.

TURQUÍA ERDOGAN MULTITUD PENA DE MUERTE
Tayyip Erdogan, en un mitin, defendiendo la recuperación de la pena de muerte.

No es mainstream. Lo sé. Todavía desconozco de dónde viene este ambiente enrarecido y tortuoso en el que planteamientos como “adelantar la edad de voto es beneficioso porque se fortalecerá la democracia”, “los inmigrantes siempre son positivos para el país al que llegan” o “las consultas populares son buenas” son usados de manera lapidaria e incuestionable. Si no lo defiendes no eres progresista o peor, como en mi caso, eres un trabajador de ideología reaccionaria -estoy alienado, necesito pedagogía-. Casi siempre son comentarios teledirigidos por la burguesía, encargada de construir sus propias contradicciones para garantizar la preservación del sistema vigente. No es casualidad que mercados financieros y “colectivos progresistas” compartan cama para apartar a las “amenazas de la democracia”, como sucedió recientemente en Austria con el conservador Norbert Hofer. Lástima que no seamos de la misma cuerda, sus adversarios me lo hicieron simpático. ¿Dónde están el socialismo y el patriotismo caminando de la mano para defender a los trabajadores? Demasiado agreste explicarlo. Sea como sea, en este artículo quisiera dar algunas pinceladas sobre la futilidad de modificar la edad de voto, los posibles argumentos democráticos para no extender el sufragio reduciendo la edad mínima para ejercer el derecho o, incluso, retrasarlo para mejorar el funcionamiento electoral.

Antes de empezar me gustaría explicar algunos secretos. La cruda realidad es que adelantar o retrasar la edad de voto no cambiará significativamente el funcionamiento del sistema político. Marginar a amplias capas de la población no tiene efectos importantes en el proceso de toma de decisiones salvo que se haga por criterios de renta o capacidad. La razón es bastante sencilla, el ascensor social no es lo suficientemente eficaz como para permitir que los individuos asciendan socialmente en gran número ni en un período breve de tiempo. Ni aún planteando una gerontocracia estricta -e inviable- formada por mayores de 65 años serían significativos los cambios. Generalmente, nacemos y morimos en una misma clase social. Dependiendo del marco teórico en el que nos circunscribamos existirán ligeras variaciones en este análisis -el mío es marxista- pero, a grandes trazos, heredaremos el poder adquisitivo y posición en las relaciones de producción de nuestros padres. El sueño americano es un mito, sobre todo en EE.UU. y, desde luego, también en Europa Occidental. Teniendo en cuenta que las decisiones políticas derivan de las preferencias de los electores y estas están condicionadas por su situación económica, los padres pueden representar sin demasiado problema a sus hijos. Para los críticos, algún día escribiré sobre lo que parece revolucionario y no lo es. En este artículo no discutiré la relativa homogeneidad de las propuestas políticas y la paulatina convergencia ideológica. Sólo diré que preguntarse si ir a 80 ó 120 km/h no es lo mismo que elegir comprar un SEAT Panda o un Bristol Bullet.

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El nuevo Bristol Bullet. Bastante impresionante, ¿ah?

¿Por qué es tan importante rebajarla entonces? Nadie lo sabe, ni sus defensores. Más allá, quizá, de algún argumento interesado o torticero no hay nada interesante que leer. Movimientos nacionalistas periféricos y nuevos partidos pueden ver significativamente mejorados sus resultados electorales si la edad mínima se reduce ya que, sociológicamente, gozan de mejor anclaje entre los jóvenes. Además, hay cierto grado de elogio a la juventud que, como joven, no entiendo fuera de la retórica comercial. Ser joven se ha convertido en la excusa perfecta para no responsabilizarse de nada: compra, consume, no ahorres, vive cada instante, eres especial. Es una franja de edad que se amplía peligrosamente salvo en la entidad bancaria, donde están en juego las comisiones. A esto último no plantearía tanta objeción.

Por otro lado, vivimos en un régimen liberal-democrático -donde democrático es adjetivo- de libertades relativas. Existen muchísimas cortapisas a la voluntad general: jerarquía normativa, supremacía de la Constitución, mayorías reforzadas en las cámaras para el procedimiento de reforma constitucional -simple y agravado, arts. 167 y 168 C.E.-, referéndum potestativo en el simple y obligatorio en el agravado, sistema electoral, 51 circunscripciones, barrera electoral del 3%, partidos políticos, etc. Si con votar fuese suficiente… Esto no es hacer una tortilla a la francesa cascando un par de huevos. En otras palabras, votando nunca saldrá lo que deseas que salga. No te tiene manía el sistema, no pienses mal, sencillamente está diseñado para apalear tu voto, la emisión física e imprecisa de tu voluntad, hasta transformar a un apuesto príncipe en Quasimodo. No seré yo quien cuestione en este artículo las virtudes de nuestro amado y triunfal modelo político, a fin de cuentas no queremos volver a matar a Sócrates. Sin embargo, los numerosos límites a la voluntad general dejan entrever que no sería sencillo trastornar el funcionamiento habitual de nuestras instituciones representativas ampliando o restringiendo el sufragio simplemente por criterios de edad.

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Diagrama de la teoría de David Easton sobre el sistema político como “black box”.

Dicho esto, reducir el censo puede mejorar significativamente la toma de decisiones en comunidad. No es descabellado pensar que cuanto menor sea el público objetivo al que tiene que dirigirse el candidato más certero será el debate. No hay ninguna razón para pensar que restringiendo el voto a los más jóvenes se pervierta la paz social. Sencillamente se restringe el acceso a un colectivo que no se considera aún preparado para participar de la política nacional. Igual que sucede con la población inmigrante (no irregular) sin que sus derechos civiles dejen de estar garantizados. Es cierto que su situación laboral es potencialmente más precaria que la de un autóctono pero la causa radica en la falta de formación o estudios homologados y la no existencia de vínculos sociales y/o bienes previos en el país de acogida. En ningún caso deriva de la ausencia de derechos políticos. No obstante, entiendo que sería idóneo incorporar otras medidas de cercanía como una mayor fragmentación del poder municipal y autonómico que permitiese una elección más afinada de representantes en aquellas administraciones que gestionan el grueso del gasto público. Hay quien considera que sistemas mayoritarios con muchas circunscripciones uninominales harían parte fundamental del trabajo. Intuitivamente discrepo, aún así merece la pena estudiarlo como parte de un amplio abanico de opciones.

Otra línea de defensa a favor de la contracción del censo electoral en base a criterios no económicos está encarrilada por a la teoría de estupidez asumible. Según esta perspectiva los ciudadanos más jóvenes dada su escasa autonomía, largos períodos de formación y ausencia de responsabilidades familiares pueden permitirse el lujo de prescindir de decisiones meditadas a la hora de elegir a sus representantes. En el lado opuesto se encuentran aquellos individuos más mayores que han elegido claramente un camino en su vida, han conseguido un puesto de trabajo estable, contraído compromisos legales, adquirido propiedades o formado una familia y, por tanto, no sólo asumen el coste de no ver cumplidas las expectativas de futuro tomando malas decisiones sino que, además, corren el riesgo de perder aquello que han logrado hasta el momento. De ahí que la madurez dé un tono de calidad al voto. Los jóvenes pueden permitirse el lujo de arriesgar, los mayores no. En otro orden podemos valorar cómo el aumento en la esperanza de vida ha retrasado la madurez “social” de los individuos desvinculándolo de la madurez sexual. No me cabe duda que jóvenes de doce años a finales del siglo XIX gozaban de un tono mental mucho más áspero y cabal que adultos de treinta años en la actualidad.

Independientemente de la polémica que pueda suscitar, no considero que adelantar o atrasar la edad mínima legal para el sufragio suponga un impacto relevante en el marco de un Estado liberal-democrático. Es posible que en una democracia pura, substantiva y no adjetivante, signifique algo, no así en los modelos contemporáneos. Siendo irrelevante, encuentro que atrasarla podría presentar argumentos más razonables que adelantarla. Un compañero de la casa, Jose Antonio Sobrino, escribió un artículo no hace mucho defendiendo la postura contraria, podría ser interesante leerlo también.

AUTOR:

Daniel Elicegui Serrate. 1993. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UPF. Estudiante de Derecho en la misma universidad. Galardón a Mejor Orador de la Liga de Debate de la UPF 2015. Director del Consejo Editorial de Central de Opinión. Presidente de la asociación universitaria Foro Libre de Estudiantes y Profesores. Demócrata clásico. Interesado en comunicación, partidos políticos, democracia interna e ideología. @DanielElicegui

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One thought on “Atrasar la edad de voto.

  1. Esto lo vengo defendiendo desde hace años. La participación política solo puede estar fundada en un buen conocimiento del panorama político y económico y de la sociedad en general. Un chaval de 16 o de 18 años no tiene eso y es manipulable.
    Enhorabuena por el blog. Muy interesante.

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