Los “Sin Nombre”

El “tema catalán” es uno de esos fenómenos políticos que he evitado comentar en esta tribuna durante todo este tiempo, pero los últimos acontecimientos me llevan a querer escribir sobre ello. El gobierno independentista catalán sigue avanzando con paso firme hacia su objetivo con absoluta comodidad y absoluta confianza, sabedor de que está ganando la partida. Frente al independentismo está el aparato del Estado -que solo reacciona- y una parte de la sociedad civil catalana que intenta resistir la oleada independentista y defiende que Cataluña es y debe seguir siendo España. Esa parte de la sociedad civil son los «Sin Nombre»: un grupo mal cohesionado, que cree ingenuamente que la política debería responder a impulsos morales y que, además, ha dejado de lado la fundamental decisión de imponerse a sí mismo un nombre claro. Sí, a vosotros, defensores de la hispanidad de Cataluña, me dirijo para que entendáis que habéis perdido por propia desidia una guerra sencillísima.

Vistas desde el Parque del Ginardó
Reflexiones hechas desde el Parque del Ginardó (Barcelona) mirando al Mediterráneo (Foto: Eugenio M. Vigo)

No tener un nombre propio en política es no tener identidad. ¿Por qué creéis que la nueva CDC se ha puesto como se puso con la cuestión del nombre? No tener un nombre otorgado por uno mismo es estar a la merced de la calificación que otros harán con las peores intenciones imaginables. Dicho en términos gramscianos, es pelear con las categorías -el terreno de batalla- propuesto por el enemigo… una derrota segura. Vayamos, pues, nombre a nombre.

  1. «Españolistas»: La contraparte clara a este nombre es «catalanista». Aceptar semejante nombre es caer en la trampa de equiparar España y Cataluña al mismo nivel. Un independentista no tiene problemas con ello, pero alguien que defienda que Cataluña es una región no debería aceptar tal etiqueta. Además, aceptar «españolismo» como etiqueta es aceptar ser tratados como nacionalistas, ideología que la mayoría de «españolistas» dicen no tener.
  2. «Unionistas»: Además de las terribles y totalmente intencionadas connotaciones del conflicto en el Úlster, aceptar «unionismo» es aceptar como categoría válida el «separatismo». Nos llenamos la boca en que “en democracia” -debería decirse “bajo una democracia”- hay que dejar vivir al contrincante, pero la política no es eso: todo actor político sueña -aunque no pueda decirlo- con el poder total e indiscutido. Si se quiere vencer al independentismo no hay que darle ni siquiera carta de legitimidad política; el independentismo se la retira constantemente a su adversario.
  3. «Constitucionalistas»: Este es mi favorito porque fue creado para tachar de “legalistas” a Ciudadanos, pero dicho partido acabó aceptándolo como propio, con lo cual revela una incultura política enorme, además de que dudo que haya tantos juristas dedicados al derecho constitucional en Cataluña. Si alguien cree que este nombre es bueno, le advierto de que tras este nombre se esconde la idea de que la integridad nacional depende de la Constitución, lo cual es una aberración jurídica e histórica evidente. ¿No existía España antes de 1978? Ni siquiera los independentistas más radicales de Catalunya Acció se atreven a afirmar tal cosa.
  4. «Anti-X», donde X puede ser «independentista», «separatista», incluso «catalanista»: Definirse a uno mismo simplemente como contrario a otro es tamaña muestra de debilidad que no merece comentario ninguno.

Obcecados en el error garrafal de que en política se trata de estar en posesión de la verdad, los Sin Nombre solo se han dedicado a sacar la bandera rojigualda, apelar a la legalidad, crear partidos y movimientos diversos enfrentados entre sí y hacer un uso folclórico de las tradiciones españolas. He estado en grandes conferencias y muy interesantes sobre la historia de la Corona de Aragón, sobre cómo la historia que se enseña en las aulas catalanas está manipulada, sobre cómo la independencia nos traerá la ruina económica, que saldremos de la UE -menudo argumento, visto lo que es la UE-, etc. Seguramente todos estos ponentes estén en lo cierto, pero ¿qué importancia tiene? ¿Se busca convencer a quién? ¿Se busca posicionar un “contradiscurso”? Sin poder efectivo no hay discurso que se pueda posicionar de ninguna manera; Gramsci llamaba a ocupar las fábricas junto con hacer la guerra de ideas. ¿A quién le importa la verdadera historia del Condado de Barcelona si de lo que se trata aquí es de quién manda sobre qué territorio?

Esa miopía política es la que ha llevado a los Sin Nombre a no tener ningún nombre y a ni siquiera preocuparse por ello. Al creerse que la política tiene algo que ver con la justicia y la verdad, creen que no necesitan un nombre, que ellos son la “Cataluña real”, que son mayoría -quizás lo son, pero da igual- y que basta con blandir las banderas española y catalana para apelar a que la realidad es la que es. Sí, la realidad es, pero lo político no consiste en afirmar lo real, sino en proyectar la realidad del mañana para mayor gloria del condottiero de turno.

Es más, los Sin Nombre han servido, sin darse cuenta, para legitimar el procés. El independentismo sabe que no puede declarar la independencia como lo hicieran los Padres Fundadores de los EE.UU. -ya quisieran estos politicuchos ser la suela del zapato de un Franklin o un Adams-. Por eso pide un referéndum, pero para que haya un referéndum creíble hace falta que alguien tenga las ganas de defender la posición contraria a la oficial. Ahí tenéis vuestro papel, amigos innominados; sois la clásica disidencia controlada que todo aparato de poder necesita para ablandar su figura.

Entiendo vuestra frustración -es la mía- e indignación contra la situación a la que nos ha llevado la Generalitat en estos últimos años. Sin embargo, como oposición no tenéis entidad real ninguna. Está bien manifestarse el 12 de octubre, está bien votar a partidos que no son independentistas -aunque mejor sería llamar a la abstención masiva-, está bien denunciar abusos, etc., pero no tenéis la identidad política que tiene vuestro adversario. Sois amateurs contra profesionales de la agitación y propaganda sin escrúpulos, que saben que son más fuertes sin necesidad de tener realmente la mayoría social -¿desde cuándo se ha necesitado la mayoría social para nada?- y que, además, no tienen prisa porque saben que están respaldados -y aquí está la clave- por el reflujo antiglobalista que se está viviendo en todo el mundo.

Cuando defendéis una “España unida” estáis defendiendo la España actual perdida en el mar de la compleja y alienante globalización y esclava de potencias extranjeras que tampoco saben demasiado hacia dónde van. La promesa del independentismo es una Cataluña llena de orgullo nacional, que pasea la senyera por el mundo con los pechos henchidos, que servirá de ejemplo a otros pueblos, etc. etc. etc. Sí, todo es cuento chino, porque una Cataluña independiente será tan irrelevante como Portugal, España o Paraguay en la escena internacional, pero las personas nos movemos por fantasías que nos saquen del hastío cotidiano. Mientras en España el nacionalismo recuerda un pasado, el nacionalismo en Cataluña promete un futuro “más sencillo”; de ahí que los hábiles maquiavelos de la Generalitat hayan conseguido hacer del nacionalismo más localista una virtud.

Amigos Sin Nombre: os conmino a tener una “hoja de ruta” que comience por poneros un nombre que sea vuestra bandera. Tened un plan como lo tienen ellos. Olvidaos del Gobierno de España -que no hará nada- y pasad a la acción si queréis ser recordados por la historia, del mismo modo que los independentistas sueñan con ser recordados por ella. Olvidaos de moralinas y escrúpulos y usad las mismas armas que usan contra vosotros: ocupad las calles, presionad, cread un espejismo, inflitrad instituciones -contra Franco funcionó bastante bien-, lanzad bulos, retorced la historia, recreaos en un orgullo charnego… Si queréis ganar -creo que queréis ganar, ¿no?-, id a por todas como van ellos. En definitiva, y parafraseando a un amigo, menos Luther King y más Malcolm X… porque eso es lo que están haciendo con vosotros.

Sin embargo, dudo que entendáis esta entrada. Seguiréis igual, vapuleados por un enemigo político muy superior en habilidad -no tanto en fuerza-. Tenéis miedo a ganarle al independentismo. Os han ganado y por eso habrá referéndum tarde o temprano.

AUTOR:

Eugenio M. Vigo. 1988. Ante todo, timbero y rumbero… y poco a poco también sonero. También soy licenciado en Filología Hispánica por la U. de Navarra y tengo un Máster en Lingüística Teórica y Aplicada por la U. Pompeu Fabra. Al parecer, también soy Doctor en Lingüística. Hasta la heterodoxia siempre. @EugenioMVigo

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2 thoughts on “Los “Sin Nombre”

  1. Teniendo bastante razón, no debe ser tan fácil como lo pintas. Lo del nombre digo. Ni siquiera has podido sugerir uno; y no hablemos ya de un elenco en el que elegir. O sea, igual es que no son tan tontos, y no hay algo (nombre) que los englobe. Salvo no-separatas, o cualquier otra definición negativa.

    Eso es inconveniente, pero no insuperable. Los no-racistas tampoco tienen un nombre positivo, sin que eso le dé el triunfo al racismo. ¿Que el racismo ya tiene connotaciones negativas? Eso es lo que habría que hacer con el nacionalismo, el etno-nacionalismo, y mierdas similares.

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