DE LA ANTIGLOBALIZACIÓN AL ALTERMUNDISMO.

En muchos sectores políticos y económicos existe la creencia de que la globalización y las instituciones del Consenso de Washington, entre ellas el Fondo Monetario Internacional (FMI), vinieron para quedarse y que nada va a cambiar eso. Aquella famosa frase de Margaret Thatcher, “no hay alternativa”, aún resuena en nuestros días. Sin embargo, la evidencia demuestra que ningún proceso social es irreversible de por sí y que no hay un final de la Historia. El último ejemplo es el más que probable freno al tratado de Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión, más conocido como TTIP en sus siglas en inglés, entre Estados Unidos y la Unión Europea.

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Manifestación organizada por ATTAC denunciado la complicidad de Hollande con el neoliberalismo.

El “No” al TTIP puede apuntarse como un tanto al movimiento anti-globalización. Pero algo que es “anti”, ¿puede construir alguna cosa que valga la pena en el lugar de aquello con lo quería acabar? Aquí el lenguaje no nos ayuda. Aunque anti-globalización y altermundismo se utilizan como sinónimos, el primero hace referencia al “No” (al TTIP, por ejemplo) mientras que el segundo pone el acento en la construcción de alternativas. A propósito del la corriente que se ha generado en contra del tratado, presentamos algunos clásicos que proponen alternativas al sistema de gobernanza económica y política global actual.

Una posible solución a los desajustes globales desde el altermundismo, como propone Anup Shah, es la vuelta atrás a un mundo en que los Estados tienen el control sobre la economía y los flujos financieros. En el contexto posterior a las protestas anti FMI “50 years is enough!” de 1994 y Seattle en 1999, de forma parecida, Frederic Jameson argumenta que la primera alternativa a la globalización es ante todo resistir al embate de los grandes acuerdos de librecambio internacionales y regionales (GATT, NAFTA, TTIP…) y contra la Organización Mundial del Comercio (OMC). Ambos autores creen en el restablecimiento de políticas proteccionistas que defiendan las leyes de patentes (por ejemplo contra las empresas farmacéuticas), los servicios públicos de salud y educación y la industria local. Según Jameson, hoy en día la defensa de lo nacional se convierte en una defensa del Estado de Bienestar.

Después de los años noventa, años de máxima movilización del movimiento anti-globalización, la crítica a los planes de ajuste del Banco Mundial (BM) y del FMI surge también desde el seno de las propias organizaciones debido a los fracasos que sus políticas han cosechado en el mundo. Con la llegada del Nobel de economía Joseph Stiglitz a la cabeza del BM, la agenda de reformas se suaviza. De esta manera la cuestión de la pobreza se incluye en la agenda –a partir de aquí se empezará a hablar de crecimiento inclusivo. El punto culminante de esta tendencia son los la agenda de desarrollo de Naciones Unidas (Objetivos de Desarrollo del Milenio (2000) y Objetivos de Desarrollo Sostenible  (2015).

Pero, según Samir Amir, mientras que los objetivos de desarrollo, aunque insuficientes, no pueden ser negativos en abstracto, la política económica del Consenso de Washington para llevarlos a cabo continua siendo contradictoria con el propósito de los mismos. El combate contra la pobreza sigue supeditado al libre mercado y a los intereses de las grandes corporaciones. Finalmente Amir sugiere como alternativa volver al espíritu de las políticas desarrollistas de los años 50 y 60 cuando los países del Tercer Mundo tomaron las riendas de la modernización sin depender del mundo exterior, lo que él llama el espíritu de “Bandung”.

Para otros autores, este es el caso de Immanuel Wallerstein, hay que dejar de poner el peso en el desarrollo económico medido como crecimiento del PIB. Al fin y al cabo lo que importa no es cuanto crece un país sino como vive su gente, los servicios a los que puede acceder, y si esta sociedad es justa o no en términos de equidad. Es por eso que Wallerstein propone la “máxima desmaterialización” posible del desarrollo para empezar a comprender el progreso desde el punto de vista del “buen vivir”, una noción similar al concepto aristotélico de eudaimonia, traducido por plenitud de ser en español o human flourishment en inglés, que él encuentra en las comunidades indígenas de América. Esto entrañaría empezar a tener en cuenta la calidad de los sistemas de sanidad, educación, la salud psicológica de los individuos, pero también cómo se produce y qué relación se establece con la naturaleza.

Esta perspectiva tiene cierto parecido al punto de vista de Armartya Sen. Interesado en un concepto del desarrollo que vaya más allá del crecimiento económico, inventa el índice de desarrollo humano que utiliza el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Sen pone el énfasis en el desarrollo como libertad en la medida que la mejora del nivel de vida fortalece las capacidades de los individuos para realizar sus objetivos vitales sin constricciones. Para Denis O’Hearn, la alternativa a la visión centrada en el crecimiento económico también pasa por concebir el desarrollo como libertad, pero en el sentido emancipación, la toma de poder consciente para salir de una situación de alienación política.

La asociación ATTAC hace una propuesta interesante en este sentido. Ellos militan por la introducción de la tasa Tobin que gravaría las transacciones financieras para poder crear con los recursos obtenidos un sistema de redistribución mundial no basado en la caridad y la arbitrariedad.

Otra iniciativa que ha ganado resonancia internacional ha sido el movimiento Vía Campesina. Esta organización altermundista aglutina a campesinos de países en vías de desarrollo contrarios a la mercantilización de la agricultura. Se muestran contrarios a la introducción de semilla modificadas genéticamente y a la producción agrícola destinada a la exportación. Su objetivo es llegar a la soberanía alimentaria, es decir, producir para el consumo local como alternativa a los incentivos a la exportación propuestos por el FMI y la OMC.

Por otro lado, este tipo de producción próxima al consumidor, afirman, es la única que a largo plazo puede ser respetuosa con el medio ambiente y con los derechos sociales y culturales de campesinos y pueblos indígenas. En los países desarrollados también hay iniciativas que apuntan hacia la misma dirección. Podríamos hablar por ejemplo del surgimiento de las asociaciones de autoconsumo o de las políticas agrícolas de “km 0”.

El mayor éxito ideológico del neoliberalismo ha sido su capacidad de negar a aquellos que creen que otro mundo es posible la posesión de un proyecto político sólido. Sin embargo, más allá de la postura del “No” y contradiciendo a Margaret Thatcher, podemos decir que sí hay alternativas. Pero aquellos que se muestran contrarios al actual modelo de globalización y por ende a los tratados del tipo TTIP, tienen la labor pedagógica de explicar con qué quieren substituir aquello que quieren negar.

AUTOR:

Adrià Rivera Escartin. 1993. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UPF. Actualmente, estudiante de máster en Derechos Humanos y Acción Humanitaria en Sciences Po Paris. Ha realizado prácticas en Médicos Sin Fronteras en Barcelona y en la Embajada Española en Líbano. Ha colaborado con Paris Globalist. Interesado en las relaciones internacionales y Derechos Humanos.

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