DEMOCRACIA EN CUERPO Y ALMA

La democracia existe como idea y como realidad física. Idea y realidad física no son términos opuestos, puede que complementarios. Más bien, se preceden y suceden en el tiempo, y a veces coexisten. La democracia, al igual que ocurre con un hombre, posee un cuerpo y una alma. El primero se referiría a su realidad física, es decir, institucional. El día a día, el trajín propio de una organización, la solución de los problemas cotidianos y, aunque importantes, más normales. La segunda concentra en su interior los principios y creencias por los cuales la organización se rige. Así, se explica la comparación, meramente funcional, entre la democracia, que no la sociedad, y el hombre.

DOCU_GRUPO Spanish Prime Minister and ruling People's Party (Partido Popular) leader Rajoy gestures during the closing ceremony of an intermunicipal meeting in Almeria

Las ideas engendran concepciones de las instituciones democráticas y la experiencia empírica que se extrae de su probatura genera a su vez nuevas ideas acerca de la democracia. Es un hecho que de la democracia solo vemos las instituciones y que las ideas parecen estar siempre escondidas tras el velo de la experiencia real y del pragmatismo, pero, de manera muy parecida a como ocurre con el consciente y el subconsciente, que algo no sea inmediatamente evidente no significa que no exista. No debemos olvidar, por lo tanto, que las democracias se renuevan y corrigen a través de las ideas y las experiencias. En otras palabras: existe un flujo constante a través de la historia en que las democracias no permanecen inalterables, sino más bien lo contrario: las ideas las alteran para mejorarlas. Y hablar de las ideas no significa otra cosa que referirse a los hombres que las engendran.

Observamos, entonces, una pluralidad de experiencias históricas y de ideas que aparentemente hacen que, más que hablar de “la democracia”, sea más correcto utilizar la expresión de “las democracias”. Éste es un problema viejo que ha sobrevivido hasta nuestro días. Podríamos ponerle diversos nombres: crisis de los sofistas o capitalismo son solo dos ejemplos. En cualquier caso, significan lo mismo, pues aquí sí que existe continuidad histórica, es decir, imponen la interpretación de la democracia como un objeto que puede servir para cualquier objetivo, intercambiable, un continente que puede contener cualquier contenido sean cuales sean sus características. Un todo vale. Un todo puede ser verdad y todo puede ser mentira. La democracia como proceso de toma de decisiones, en concreto, de cualquier decisión, sin tener en cuenta ninguna clase de principio más allá de que todo puede ser válido. Un cuerpo sin alma, en definitiva.

No todo vale, no todo es democrático. La democracia implica una serie de principios que se han mantenido inalterables y que, en todo caso, se han ido corrigiendo con el paso de los siglos: la forma asamblearia, el debate, la transparencia, el equilibrio de poderes, la toma de la mejor decisión posible para el conjunto de la comunidad democrática, entre otras. Estas ideas forman la democracia, su idea, su alma, y son estas ideas las que después le dan forma al cuerpo. Las ideas no son más que los hombres que primero las tienen y después las llevan a cabo, las instituciones no son más que formulaciones concretas y prácticas de estas ideas, por lo que, se entiende, las instituciones acaban reflejando a los hombres que las construyen. Por eso, que el Partido Popular haya vuelto a ganar las elecciones plantea un serie de preguntas que, desde mi punto en vista, tienen su importancia filosófica y que se pueden resumir en la siguiente. ¿Es nuestro parlamentarismo una forma de democracia en la que aquellos que engañan, corrompen y hacen políticas públicas en contra de la mayoría social son premiados?

El resultado de las elecciones da una respuesta afirmativa a la pregunta. Es seguro que nos encontramos en una situación en la que en democracia todo vale. Es por ello nuestra democracia necesita una nueva embestida de ideas, un resurgimiento de la idea democrática, lo que equivale a apoyar a partidos que apuesten por la regeneración del sistema y que consideren que la política, y no la economía, es quien gobierna la vida del ciudadano. Ennoblecer el alma para embellecer el cuerpo.

AUTOR:

Guillem Santacruz Gómez. 1993. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UPF. Estudiante de Dramaturgia en el Institut del Teatre de Barcelona. Miembro del Consejo Editorial de Central de Opinión. @GuillemEscribe

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