DORMIR ENVUELTO EN REDES (SOCIALES)

En el que posiblemente fuera su mejor álbum Signos (1986), el grupo argentino Soda Stereo cantaba lo siguiente en la canción que da nombre al álbum: «Si estás oculta / Cómo saber quién eres / Me amas a obscuras / Duermes envuelta en redes». Ciertamente, Gustavo Cerati se refería a una mujer a la que amaba, que le daba señales confusas, que a veces lo seducía como una sirena («Acertijos bajo el agua», llega a rezar otro verso de la canción) y al mismo tiempo se mostraba esquiva… pero hoy podríamos aplicar dicha estrofa a cualquier mujer u hombre que duerme envuelto en redes sociales, ocultándose en dichas redes de manera que se hace bien difícil saber quién es en realidad y, por tanto, demostrarle a él o a ella cualquier afecto es, en definitiva “amar a oscuras”… o a lo sumo “hablar e interactuar a oscuras”. En efecto, dormimos todos envueltos en redes.

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Sé que en este mundo hiperconectado siempre se leen críticas contra las redes sociales, Internet y la tecnología en general. En ocasiones dichas críticas proceden de usuarios muy asiduos a estas que, por alguna razón personal, encuentran en un cierto momento de hastío la necesidad de expresar que las redes quitan mucho tiempo, que son superfluas, que generan tensiones, que obligan a fingir, que hay que batallar contra usuarios molestos (trolls), que la privacidad se pierde, que estoy harto del típico pesado que pone frases “profundas”, etc., y que sus ánimos están en desaparecer definitivamente de todas las redes sociales. Sin embargo, después de hiperventilar una retahíla de verdades incontestables, la mayoría de los autores de esos mensajes jamás cumplen su promesa y, a los pocos minutos, seguirán alimentando sus biografías virtuales con nuevas fotos, nuevos mensajes y nuevas interacciones con otros usuarios. Algunos intentan dejarlas por unos días, pero en pocos días acaban enredados entre las duras cuerdas de la actual realidad social que, querámoslo o no, nos obliga a tener alguna presencia en las redes sociales.

Antes de continuar quiero aclarar a qué me refiero con redes sociales. Comunicación a través de Internet ha existido siempre desde el nacimiento de la misma, pero es evidente que un foro de Usenet de finales de los 80 no es lo mismo que Facebook o, ya centrándonos en nuestros días, que Whatsapp no es lo mismo que Twitter. Cuando hablamos coloquialmente de redes sociales nos referimos a servicios en los que la comunicación está asociada a la creación de un perfil público, semipúblico o privado, es decir, a la creación de una identidad propia en tal servicio diseñada como “marca personal”. Por ejemplo, en Whatsapp tenemos incluso grupos y estos pueden llegar a ser muy molestos por otras razones, pero la posibilidad de comunicación colectiva no es lo que define un medio de comunicación como red social: en Whatsapp no podemos buscar a nadie por su perfil y ver su historial de mensajes como sí podemos en Facebook o Twitter. Dicho historial, sumado a los campos de información biográfica estáticos (información de cumpleaños, lugar de trabajo, intereses, etc.), es donde se construye la identidad que tendremos en cada red social y, sumando los perfiles que tengamos en cada una de ellas, obtendremos una identidad poliédrica que puede ser incluso contradictoria en algunos aspectos. En las redes sociales el pasado importa y está siempre presente para quien quiera utilizarlo contra nosotros. En Whatsapp, en cambio, el cual básicamente reproduce en el móvil el funcionamiento de cualquier sistema de mensajería instantánea de los 90, no.

La construcción de esa identidad “de red social” es el verdadero motor detrás del uso de las mismas, incluso si es por un impulso de restricción de la información que existe sobre uno en línea (por ejemplo, tener una cuenta en Facebook simplemente para controlar que nadie le etiquete en una foto). Incluso los usos más inocentes por los cuales uno quiere compartir una foto con su círculo social y lo hace en un perfil de Facebook abierto solo a Amigos, dado que en esa categoría Amigos entra absolutamente cualquier tipo de relación social, tal foto acaba siendo una pieza más en la construcción de una identidad consultable como tal. Es entonces cuando nos encontramos con que, por ejemplo, nos salta en la línea temporal de historias una foto de una barbacoa que ha hecho durante el fin de semana un antiguo compañero del club de equitación en el que ya no participamos desde hace dos años. Sí, Facebook tiene “listas” que funcionan como los círculos de Google+ para segmentar a quién le llega lo que uno comparte, pero no los usa nadie… y no, en Google+ nadie usa tampoco los círculos porque esa red ha acabado evolucionando en una especie de Twitter para mensajes públicos más elaborados.

Como nadie segmenta la audiencia de sus mensajes -¿quizás porque implica el sentimiento de exclusión?-, los conflictos están a la orden del día. De los contactos que uno tiene en una red social, uno puede tener constancia del pensamiento político o social de los amigos más cercanos y poco más: basta con que uno envíe una reflexión política para que algún sector acabe molesto de alguna u otra forma. En otros casos uno puede tener la intención de manifestarse políticamente y decir “lo que uno piensa”, con consecuencias como las que hemos visto a raíz de la muerte del torero Víctor Barrio por una cornada en la Plaza de Teruel. Es muy interesante cómo esto se exagera en Twitter aún más que en Facebook: la necesidad de creación de una identidad pública -cosa que otorga el sentimiento efímero de que uno es una especie de personalidad pública a la que el resto del mundo debería hacer caso-, unida a la limitación de caracteres -cosa que obliga a un estilo sentencioso-, lleva a que allí se viertan mensajes que seguramente no diríamos en un contexto en el que dominen con claridad las relaciones personales más cercanas, ya sea Facebook o, ya fuera de las redes sociales, un grupo de Whatsapp o una conversación entre amigos.

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Se suele identificar el uso y abuso de las redes sociales con el narcisismo. En el sentido de que el uso de las redes lleva a la construcción de una identidad y que es natural que queramos controlarla para que esta sea una identidad que evaluamos como positiva según nuestros criterios, es cierto que las redes sociales nos llevan a comportamientos narcisistas, al menos de control sobre lo que queremos que los demás piensen y vean de nosotros o no. Si eso lleva además a una condición patológica o cercana a ella es algo que se lo dejo a los especialistas en psicología. No obstante, desde el punto de vista de la construcción de un discurso sobre uno mismo -aunque vaya dirigido a otros- esos comportamientos lo son de estrategias discursivas de creación de lo que en las teorías de Oswald Ducrot y Jean-Claude Anscombre se llamaría el enunciador, es decir, el actor que interpreta un papel en el escenario discursivo… el cual, en este caso, es un escenario en el que se desarrolla una obra ininterrumpida ante un público que también está presente en el escenario.

Salvo que uno sea un calculador de niveles sociopáticos, es imposible controlar los flecos de esa identidad. Siempre habrá fotos de hace años que, por la razón que fuera, están disponibles al público en general, comentarios que uno hizo cuando pensaba de una manera que ya no representa cómo uno piensa ahora, gustos que han cambiado, personas que se han ido de la propia vida, contactos que uno ni siquiera sabe que mantenía y que tienen acceso a casi todo lo que uno publique, etc. Se me podrá argumentar que esto también sucedía antes de las redes sociales y que pasa en la vida en todos sus ámbitos, pero en el caso de internet la brutalidad consiste en que internet no olvida. Sí, uno puede haber hecho cosas vergonzosas en el pasado que solo queden en la retina de los desafortunados testigos, pero las personas con sentido de la decencia no revelan demasiado de los errores que los demás cometieran en el pasado. Internet, en cambio, no tiene conciencia y revelará todo aquello que se le pregunte.

¿Podemos escapar de las redes? Imposible. La distinción, que considero estúpida, entre “mundo virtual” y “vida real” es falsa: lo que pasa en Internet es otro aspecto más de la vida y tan real como lo que tenemos delante de nuestras narices. Según qué ambientes, hay veces que se asume que uno tiene cuenta en una cierta red social de manera de que a uno le llegue la información sobre lo que a uno le interesa. No estar en el canal “estandarizado” provoca pérdida de información, porque, ¡otra vez!, Grice tenía razón en decir que la comunicación para ser tal debe seguir la máxima de economía, no solo en cuanto al mensaje, sino en cuanto a la elección del canal. Tener que elegir canales distintos para un grupo nutrido de receptores es absurdo y tedioso; mejor que sean los receptores quienes se adapten.

En las redes sociales todo acaba siendo un problema de qué es lo que significamos o queremos significar. Toda entrada, comentario, Me gusta, foto, todo aporta un grano de arena a ese signo poliédrico que vamos construyendo y que sabemos que no podemos desmontar tan fácilmente. Hoy en día Heráclito diría que el señor cuyo oráculo es el que está en Delfos no habla ni calla, sino que, simplemente, hace signos en Facebook e Instagram mediante fotos de pies en la playa para mostrar su estilo de vida. Serían signos que, uniendo fisuras, son unas figuras sin definir, signos de que seguimos durmiendo envueltos en las infinitas y cada vez más duras cuerdas de esparto de unas redes que nos han atrapado a todos.

AUTOR:

Eugenio M. Vigo. 1988. Ante todo, timbero y sonero… y poco a poco también rumbero. También soy licenciado en Filología Hispánica por la U. de Navarra y tengo un Máster en Lingüística Teórica y Aplicada por la U. Pompeu Fabra. Actualmente escribo una tesis doctoral sobre sintaxis formal en la U. Pompeu Fabra, pero también mantengo un blog sobre Software Libre (/etc/cron.d – Crónicas de Software Libre). Hasta la heterodoxia siempre. @EugenioMVigo

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