LA (RE)INDUSTRIALIZACIÓN DE ESPAÑA

Las elecciones han dejado un resultado bastante disperso en el que formar gobierno vuelve a ser una difícil tarea, incluso más difícil que en el resultado de Diciembre. Veremos cómo en los próximos meses nuestros representantes políticos se reunirán y tratarán de buscar apoyos a sus candidaturas sin que éstos dañen su porción electoral para futuras ocasiones. Me mantengo bastante escéptico y pesimista en referencia a la posibilidad de tener un gobierno para los próximos meses, muy a pesar de que en líneas generales los cuatro partidos principales se mueven en la centralidad. Esto realmente no implica nada, pues los motivos por los que no se decide pactar no suelen tener que ver con los programas, sino más bien con las pasadas experiencias en el poder de ciertos partidos o de las repercusiones que atañería tomar como socios a los que fueran considerados una vez el “enemigo electoral”.

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Sin embargo, no es irrelevante considerar los puntos que los distintos partidos tienen en común en sus programas. En este artículo me planteo discutir uno que he tenido la oportunidad de ver repetido en las propuestas electorales de los cuatro gran partidos, y que además, es de tamaña importancia. Se trata de “re-industrializar España”. Es un ambicioso proyecto que para muchos es la panacea a muchos de los problemas a los que nos enfrentamos. Replantear un modelo productivo que en los últimos años ha dado importante peso a sectores con poca capacidad de innovación parece ser la clave para solucionar nuestros problemas de competitividad respecto al resto de países de la Unión Europea. Sobran las argumentaciones a favor de las muchas ventajas que supondría la apertura masiva de industrias competitivas, innovadoras y líderes en sus respectivos mercados. Siendo algo en lo que (de acuerdo con los programas de los cuatro partidos principales) es primordial, la pregunta ya no es si hay que hacerlo o no, sino el cómo.

Para mi sorpresa, también en el cómo los cuatro partidos coinciden, aunque sea en líneas generales. Todos ven una gran oportunidad en la financiación a las PYMES que introduzcan alta tecnología, simplificación de trámites burocráticos, reducciones fiscales a industrias con potencial de crecimiento, promoción de la eficiencia energética, introducción de proyectos entre la administración y el sector privado, abaratamiento del crédito o aumento de la inversión en I+D+i.

También todos tienen bastante claro que la nueva industria que ha de coger peso en España tiene que dedicarse a las energías renovables (cuestión en la que Podemos da especial importancia), o bien formar parte del movimiento “revolución industrial 4.0”. Este movimiento pretende ser el predecesor de las revoluciones industriales que se han vivido en la edad contemporánea. Primero vino la mecanización y la energía de vapor, luego la producción masiva y la electricidad, en tercer lugar, la informática y la automatización; finalmente, el cuarto paso que aún está por llegar (en difusión masiva), las “fábricas inteligentes”, las máquinas interconectadas y los sistemas ciberfisicos.

Tanto esta expresión para referirse a este movimiento, como el movimiento en sí, se originan en Alemania, país miembro de nuestro mercado común. Dos de los países donde hay empresas que se han sumado a este nuevo orden son Francia, país miembro de nuestro mercado común, y los Estados Unidos, posible país miembro de nuestro mercado común en caso que el TTIP avance.

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Sala de fundición en una acerería industrial.

De este modo, tenemos en España la siguiente situación: un tejido industrial incompetente, un país especializado en sectores con muy poco crecimiento potencial en cuanto a productividad, un flujo de crédito estancado, serias dificultades para acumular capital, poca flexibilidad laboral, dependencia energética; y por si fuera poco, los líderes de los movimientos industriales con la tecnología más puntera en nuestro propio mercado. Naturalmente, también hay cosas buenas a mencionar en nuestra economía, pero no tan buenas como para asegurarnos una pronta y fácil “re-industrialización”.

Hace falta adentrarse en la historia de los tres procesos de difusión industrial para ver cómo los países que tuvieran en su propio mercado empresas bastante más competentes se las ingeniaron para introducir esa base industrial. De esta forma, podremos determinar si la estrategia en que nuestros cuatro partidos coinciden puede traernos el resultado deseado, sí es que llega a aplicarse.

Los ejemplos comparables son los países que hicieron la transformación industrial en los años 60 siguiendo los pasos de las grandes empresas estadounidenses, o los BRICS.

A pesar de que los BRICS sean un ejemplo actual, no creo que sean representativos de la viabilidad que pueda tener una re-industrialización en España porqué estos países no se especializan en la “industria 4.0” que España pretende dominar, no tienen una ley laboral como la española, y tienen mucha más población y recursos naturales.

En cambio, en los años 60 se cumplen condiciones similares a las de ahora: un país líder cuyas empresas poseen mejor tecnología, unos países con una industria poco avanzada que quieren copiar esa tecnología y un mercado en el que el país líder compite con casi total libertad con el que quiere hacer la conversión. Sin embargo, son mucho más representativos los casos del Reino Unido, Japón y Corea que de Alemania, Francia e Italia porqué la Comunidad Económica Europea practicaba políticas proteccionistas.

El período que vivió Japón en los años 60 en el que su industria se volvió a alzar gracias a la difusión de la tecnología estadounidense se conoce como “el milagro económico japonés”. Un milagro que, gracias al proceso de apertura de mercados que se vivía entonces, podemos decir que sucedió en condiciones similares a las que vivimos ahora en España, por lo menos, las más similares que podemos encontrar. Toca preguntarse qué hizo Japón para consolidar “el milagro” en su economía. A grandes rasgos, podemos destacar los siguientes puntos:

  • Aprobación y apoyo económico y político por parte de los Estados Unidos.

  • Alianza del Estado con los grupos de interés económicos nacionales.

  • Debilitamiento de los sindicatos que permitieron un aumento de la productividad.

El soporte de los Estados Unidos en forma de capital y tecnologías avanzadas fue vital para la transformación industrial. También hay que tener en cuenta que el Estado tomó un rol muy intervencionista en la reconstrucción nipona. El Ministerio de Industria y Comercio Exterior fundó el Banco de Desarrollo que proporcionaba crédito a un bajo tipo de interés, proporcionó préstamos a la inversión en forma de reformas fiscales y establecía acuerdos de cooperación. Además, incentivó la formación de grandes formaciones industriales.

Con un menor grado de estatismo vemos que las medidas planteadas por los cuatro grandes partidos son bastante similares a las que tuvieron éxito sesenta años atrás. También es bastante probable encontrar en Alemania (líder de esta nueva revolución industrial) un aliado dispuesto a apoyar la transformación del tejido industrial española, teniendo en cuenta que aún están interesados en qué el proceso de integración europea siga.

Aunque no lo suficiente, según algunas voces relevantes, el caso de la devaluación salarial para ganar competitividad es algo que ya ha pasado los últimos años. Cabe recordar también, que cuando se analiza el espectacular crecimiento de la economía japonesa, el hecho que los sindicatos perdieran fuerza no destaca como una de las razones principales de su éxito. De modo que, tratándose de un proceso de convergencia hacia una tecnología más avanzada con alta inversión en capital humano, no tenemos por qué esperar la necesidad de una gran caída en los salarios de los trabajadores.

Hay, sin embargo, un punto muy importante que separa las condiciones de ambos países: la acumulación de capital. Cabe recordar que aquí en España hay serios problemas en cuanto a la facilidad para obtener capital suficiente como para invertir, mientras que Japón partía de una cultura que primaba mucho el ahorro. Aquí el Estado y las instituciones de crédito han de tener un papel dinamizador para poder impulsar grandes inversiones.

Con la posibilidad de equivocarme, tenemos cerca las condiciones similares a las que Japón se enfrentó cuando consolidó su transformación industrial, hay un soporte político casi unánime hacia las políticas que en su día la favorecieron, y tenemos a nuestra disposición el mejor socio posible para que se consolide. Ante semejantes circunstancias, el hecho de que el proceso aún no esté en marcha sólo tiene dos posibles explicaciones. La primera es que realmente no se pueda reproducir el mismo escenario y las políticas que antaño sirvieron, en este contexto quedan obsoletas. Otra opción más frustrante estriba en la incapacidad política de nuestros representantes para llevar a cabo un plan al que prácticamente todas las fuerzas parlamentarias dan importancia vital y, además, están de acuerdo en el modo de ejecución.

A falta de una respuesta clara, seré inocente y confiaré en que cada partido siga su programa.

AUTOR:

Miquel Bassart Loré. International Business Economics por la UPF. Socialdemócrata europeísta. Interesado en economía, política, cine y literatura.

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