MIRADAS

Una de las cosas que mi maestro de baile cubano –me niego a llamarlo salsa cubana: «Pa’ que le llaman salsa, si esto es son»– nos recuerda siempre es que, cuando se baila, hay que mirar a la pareja a los ojos. No solo porque mirando a los ojos puede encenderse una chispa que puede llevar a otras artes, sino por el simple problema práctico de que en un baile como el casino, donde el movimiento es circular, es fundamental ubicar espacialmente a la pareja. Mirar a los ojos lo facilita todo, porque el baile se vuelve una conversación con una conexión.

No, no estoy desubicado. Central de Opinión es un medio de comentario político, no una revista de etnomusicología. Sin embargo, el comentario sociológico es un comentario político y hoy quiero hacer ver que en España nadie se mira a los ojos.

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Albert Rivera y Mariano Rajoy reunidos en el Congreso de los Diputados. 2016 | EFE

¿Cuántos de Uds. recuerdan el color de ojos de quien les atendió en el banco? ¿Se han fijado Uds. alguna vez en la mirada de quienes les acompañan en el transporte público? ¿Han hecho el ejercicio de buscar en alguna de esas miradas la historia de ese día de quienes les rodean? ¿Han hecho ese ejercicio con algún compañero de trabajo, amigo o su pareja?

Como me dijera una compañera de pista de baile, foránea como yo, los españoles son una sociedad deshonesta porque no se miran a los ojos. Es fácil dominar a un español, me decía: míralo a los ojos y se derrumba, como si tuviera algo que ocultar, siempre. Y es cierto: la mirada de un español suele caer en la punta de la nariz del interlocutor o en un vacuo espacio vacío que se ubica, más o menos a unos veinte centímetros de su pecho. La única excepción parecen ser –menos mal– las miradas entre quienes comparten intimidad. Quizás por eso el Whatsapp sea tan abusado en España: porque evita que a la palabra la acompañen las miradas.

Si no nos miramos a los ojos, no nos hablamos; y, cuando nos hablamos, nos hablamos sin conectar. Es como bailar sin mirarse: un ejercicio de movimientos de dos personas que pueden tener muy buena técnica, pero no conectan entre sí y, por ello, no conectan tampoco con la música. Así se habla en España: sin entenderse, esquivando los ojos y, por tanto, buscando consensos, posiciones suaves que no comprometan y que no obliguen a sacar lo que uno lleva dentro… porque cuando nos miramos, sale lo de dentro. ¿Tenéis miedo de lo que lleváis dentro? ¿Por eso consentís que existan siquiera el PP y el PSOE y los demás partidos, porque sois corruptos como ellos? Tengo la sensación de que, al final, es así, como decía mi pareja ocasional de baile. ¿Por eso consentís un régimen partitocrático tan cómodo que no exige compromiso ni del elector ni del diputado?

En España se habla, pero no se dialoga: la palabra no viaja –aprovecho para explicar que dialógos en griego es “discurso cruzado”, no “dos discursos”, que sería un dilógos–, sino que simplemente se conjuntan dos monólogos que, más o menos, pueden llegar a puntos más o menos comunes por irrelevantemente tópicos. En la palabra, como en el baile, la suma de los elementos tiene que ser mayor que la mera combinación de estos para que valga la pena. Lo que se suele ver en los españoles es horroroso.

Sí, si nos decimos lo que tenemos dentro puede surgir el pólemos heraclíteo. ¿Cuántas veces un baile pacífico se transforma en una extraña lucha entre dos? Igualmente puede pasar en una conversación: que la verdad hace aflorar visiones contrapuestas que uno no está dispuesto a ceder porque están arraigadas en la propia personalidad y, en definitiva, en quien uno considera que uno es. Esas conversaciones no son discusiones desagradables en que se hieran las personas, pero sí son conversaciones en que se templan a fuego violento las almas.

¿Queremos que España mejore y cambie? Mirémonos a los ojos y que pase lo que tenga que pasar. Meter papeletas en urnas por uno u otro partido no es el camino. Eso es un entretenimiento falso y absurdo que encima perpetra un régimen surgido de un pacto con los restos de una dictadura. Es tan falso como una conversación de ascensor o un baile sin tener a una pareja entre los brazos a la que mirar a los ojos. Más allá de las acciones políticas que más o menos todos llevamos a cabo, ya sea en una organización o en solitario, si queremos que cambie y mejore, insisto –mientras acaban de sonar Los Van Van al acabar este texto–: mirémonos a los ojos, aunque suponga pelearnos y que salgan chispas… o que haga aflorar algo nuevo que desconocíamos. ¿Estamos dispuestos a ello?

AUTOR:

Eugenio M. Vigo. 1988. Ante todo, timbero y sonero… y poco a poco también rumbero. También soy licenciado en Filología Hispánica por la U. de Navarra y tengo un Máster en Lingüística Teórica y Aplicada por la U. Pompeu Fabra. Actualmente escribo una tesis doctoral sobre sintaxis formal en la U. Pompeu Fabra, pero también mantengo un blog sobre Software Libre (/etc/cron.d – Crónicas de Software Libre). Hasta la heterodoxia siempre. @EugenioMVigo

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