¿QUIÉN SACÓ PROVECHO DEL DEBATE A 4?

Preguntarse quién vence en un debate político no siempre es la forma adecuada de plantear la cuestión. En los debates preelectorales, entre candidatos, los elementos a valorar son distintos de los que se dan en debates competitivos o de temáticas específicas. Un candidato puede realizar un debate plano, sin sorpresas, y cumplir con creces sus expectativas. Lo importante es el contexto en el que se encuentran los debatientes entre sí, sabiendo que es un juego de suma cero y que el objetivo que se marca uno necesariamente resta votos a otro. El lunes vimos, por primera vez, un debate televisado entre cuatro presidenciables y ninguno tenía objetivos idénticos.

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Los cuatro candidatos antes de iniciar el debate.

En la inmensa mayoría de encuestas posteriores a la refriega el candidato declarado vencedor es Pablo Iglesias. No obstante, lo significativo es saber si el candidato de Unidos Podemos logró sus metas. En primer lugar, Pablo Iglesias tenía la necesidad de no perder apoyo electoral. Su candidatura cabalga en las encuestas. Todo apunta a que el sorpasso en votos y escaños al PSOE será un hecho. En segundo lugar, mejorar su imagen ante los más mayores contribuyendo a desgastar el principal baluarte de los dos grandes partidos hasta el momento y, en especial, el votante tradicionalmente socialista mayor de 50 años. Para satisfacer ambos objetivos debía permanecer impasible frente a los feroces ataques de Albert Rivera. Este quería conseguir que Iglesias bajase de la tarima y se embarrase en un terreno que le es desfavorable, donde podría sufrir desgaste en caso de tener un resbalón -algo más fácil de lo que parece-. Era también, como veremos más adelante, una de las pocas opciones que tenía Ciudadanos para revalidarse entre los jóvenes. Iglesias aguantó, entre otras cosas porque Pedro Sánchez no entró en lid y prefirió relajar el tono. Debe decirse en este punto que le interesaba permanecer al margen de las lanzadas desesperadas de Rivera porque son muchos votos los que se disputan ambos partidos y una intromisión en espacio ajeno acentuaría el desgaste socialista frente a los naranjas. Unidos Podemos soportó bien los envites recibidos y además tuvo ocasión de presentarse como una alternativa sensata para el electorado más maduro, siempre reticente a los cambios acentuados. Es imperativo para los morados conseguir zafarse del estigma del extremismo ideológico y replicar al PSOE de los 80 -de ahí que ahora se autoadscriban a la tradición socialdemócrata post-50-, más que al Partido Comunista de la clandestinidad en los 60. Con paciencia y conmensura, Iglesias reforzó su posición y allanó el camino para seguir recogiendo voto útil anti-austeridad a expensas de los socialistas.

Mariano Rajoy fue en la línea de Iglesias. Necesitaba no perder y lo logró. Era necesario que asistiese al debate porque no hacerlo ponía en riesgo la fidelidad de sus votantes -mayores de 65- y le cortaba de plano la posibilidad de recuperar aquellos que habían ido a parar hacia Ciudadanos -los más jóvenes-. Contaba con dos bazas excelentes para salir airoso del debate y utilizó ambas. La excepcionalidad de su presencia reforzó su figura, los ciudadanos no están acostumbrados a verle en un contexto como aquel y sus acciones se magnifican, tienen un aura especial. Es el Presidente. Por otro lado era el más mayor de los contendientes y el único con experiencia de gobierno. Un atributo que supo gestionar bien con comentarios, en general sutiles, sobre su experiencia pero que dejaban claro al votante más temeroso de los vaivenes oceánicos que un buen timonel abandera experiencia. “Al Gobierno se llega aprendido, los ciudadanos no quieren experimentos” llegó a decir en el tramo final. El jefe del Ejecutivo sufrió, como es natural, virulentos ataques, incluso de índole personal por parte de Rivera, pero desde su posición de autoridad redirigió bien los golpes y se sintió fuerte acomodando a sus adversarios detrás del atril. Probablemente, terminó de decantar a muchos de los votantes que dudaban entre su partido y Ciudadanos. Lo más relevante es que resolvió dudas y despejó el camino para el voto útil conservador.

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Rivera desde la tribuna de oradores en El Congreso de los Diputados. | El Español

Ciudadanos presentó al candidato ideal. Rivera estuvo superlativo en comparación al cara a cara con Pablo Iglesias de la semana anterior y los debates que precedieron a las pasadas elecciones. Es el presidenciable más dotado para la oratoria pero también el más irregular, capaz de lo mejor y de lo peor. Empero, la posición ideológica escogida para esta campaña no le favoreció en absoluto y, aunque en los debates competitivos de ámbito universitario suela primar la forma al contenido, en política lo importante es la solidez ideológica. Nunca compras un marco más caro que la pintura. Los tres partidos hicieron un pacto tácito para acallar a Rivera. Es el único que puede captar voto de los tres, pero no al mismo tiempo. No escogió a la victima, faltó precisión de cirujano. Usó machete de charcutero. Arremetió sin cuartel contra las tres candidaturas, especialmente el Partido Popular y Unidos Podemos. Las puñaladas personales a Rajoy le restaron apoyos entre los electores maduros que lo encontraron inapropiado, especialmente cuando acusó al Presidente en funciones de haber cobrado dinero en negro. Se excedió en los términos. Cuando levantó su espada contra Iglesias este se sintió fuerte, sabía que Rivera venía tocado del debate a dos. En aquel cara a cara se sentaron las bases de la hegemonía morada sobre el voto joven. Casi cuatro millones de espectadores contemplaron en el programa Salvados como un Iglesias taimado sonreía por los resbalones de su adversario. Demostró que el mejor rival de Albert Rivera es él mismo. Aunque el candidato naranja lo intentó con esmero, fue incapaz de penetrar la ya muy mellada coraza de su contrincante; ni acusar de financiación irregular ni usar Venezuela o Grecia servirán en adelante. Ciudadanos necesitaba con urgencia un revulsivo y no lo consiguió, incluso aceleró su depresión. El diseño del sistema electoral está pensado para fomentar la estabilidad, el cuarto partido estatal tiende a ser expulsado de la órbita. Si Ciudadanos no quiere replicar al CDS debería no desperdiciar las pocas oportunidades que le queden en adelante.

Sánchez era el candidato con más presión sobre sus hombros. Aún así, el peso de un partido con 137 años de historia desplomándose encuesta tras encuesta sobre su espalda parecen no fracturar al hierático candidato socialista. Su principal objetivo era frenar la potencial sangría de votos hacia Ciudadanos y reactivar a los votantes tradicionales del PSOE que planean abstenerse. Era una misión sencilla, debía granjearse el apoyo de los más mayores, una franja de edad que puede disputar con solvencia al PP. Eso impediría el sorpasso en escaños de Unidos Podemos y mantendría viva la llama una legislatura más. Ganar tiempo es lo que necesitan, es una carrera de fondo. Nadie puede obtener rápidamente la hegemonía. El que se suelta primero cae por la borda y con su sacrificio involuntario salva a los demás. De los cuatro fue el que menos brilló. Sus permanentes reiteraciones críticas a Iglesias en virtud de la investidura fallida, la falta de proyecto convincente para substituir las políticas del PP y la incapacidad de transmitir emoción a los votantes que dudan entre abstenerse o ir votar fueron la tónica de sus intervenciones.

El debate estuvo igualado. Nadie sobresalió en exceso y sería osado decir que alguien venció. Sí podemos señalar, en cambio, que hubo quienes del encuentro salieron con una posición revalidada, PP y Unidos Podemos, mientras otros lo hacían con las mismas dudas con las que llegaron, PSOE y Ciudadanos. Los primeros debían conservar el voto polarizado, entre la derecha conservadora con recetas económicas clásicas y la izquierda intervencionista con fórmulas keynesianas. Los segundos romper el saco, complicar la toma de decisiones del elector y obligar a repartir más equitativamente los votos. Lo último no fue posible. Las elecciones se ganan tras muchas reválidas, los debates nunca son la salvación.

AUTOR:

Daniel Elicegui Serrate. 1993. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UPF. Estudiante de Derecho en la misma universidad. Galardón a Mejor Orador de la Liga de Debate de la UPF 2015. Coordinador del Consejo Editorial de Central de Opinión. Presidente de la asociación universitaria Foro Libre de Estudiantes y Profesores. Demócrata clásico. Interesado en comunicación, partidos políticos, democracia interna e ideología. @DanielElicegui

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