CRISIS DE PERCEPCIÓN

Lo leemos y oímos por todas partes: Europa hace frente a una crisis migratoria. Se habla de ola de refugiados, de flujos incontrolables de población, dando a entender con este lenguaje que los estados europeos, pobres e indefensos, tienen que hacer frente a una realidad funesta que escapa de su control. Sin embargo la palabra crisis encierra la trampa de hacernos creer que los momentos que vivimos son únicos en la historia reciente de Europa. No, Europa no está desbordada de refugiados, y no, tampoco hacemos frente a un fenómeno incontrolable y catastrófico al que no podamos dar una respuesta humana y responsable.

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Refugiados siros en un campamento situado al este de Líbano | ABC

En 2015, según Frontex, la agencia Europea de control de fronteras, Europa recibió 1,8 millones de entradas, 53% de ellas provenientes de Siria y susceptibles de acogerse al derecho de asilo. El número puede parecer enorme. Pero todo es cuestión de percepción, si comparamos con la población total de Europa, 508 millones, en realidad hablamos del 0,35 %, y eso el año donde se registraron más llegadas desde que empezó la guerra en SiriaEsta cifra parece ridícula si la comparamos con la situación en Líbano. En un país de unos 4,25 millones de habitantes, tenemos 1,15 millones de refugiados sirios según datos de ACNUR. Esto representa aproximadamente a fecha de hoy el 25% de la población. En Jordania, estamos hablando del 7% de la población ya ¿Crisis migratoria en Europa?

Pero no solo es cuestión de porcentajes. Olvidamos rápidamente que pese a la crisis, Europa es la primera potencia económica del mundo, superando a Estados Unidos si sumamos el producto interior bruto de los estados miembros. Por otro lado y aunque parezca evidente, hay que recordar que el recurso a la violencia entre estados y dentro de los estados quedó aparcado después de la segunda guerra mundial. Pese al auge de la extrema derecha Europa continúa siendo un oasis de paz. Estos dos elementos nos convierten en privilegiados y nos confieren una responsabilidad mayor vis a vis aquellos que huyen de la guerra. Europa no tiene una crisis migratoria, tiene una crisis de percepción que se explica por la debilidad del proyecto europeo. Estamos infra estimando nuestras posibilidades.

Seguramente de forma legítima podríamos pensar que la situación no se puede comparar, puede ser demagógico jugar a los porcentajes. El sentido común nos dice que tiene que ser más fácil integrar a un sirio en Líbano que en Alemania, o porqué no, en España. La respuesta no es tan simple. Aunque a priori poblaciones árabes tendrían que tener más facilidad para integrar a otras poblaciones árabes ya que comparten lengua y una historia en común, oriente próximo está marcado de divisiones ideológicas y comunitarias que complican la integración.

Pongamos un ejemplo. Si volvemos al caso libanés, desde los 60, miles de palestinos viven en este pequeño país. Llegaron ahí como refugiados después de ser expulsados de su hogar por el ejército de Israel. Aún hoy en día tienen el estatus de refugiados. Muchos viven de espaldas a la sociedad libanesa sobreviviendo gracias a la beneficencia de de UNRWA, la agencia humanitaria de Naciones Unidas que trabaja para los refugiados palestinos. El estado libanés, ya de por si ineficiente, no existe para ellos. Detrás de esta historia de no integración se esconde la rivalidad entre comunidades religiosas y partidos políticos en Líbano divididos en relación a la causa palestina. Hay que recordar que la guerra civil libanesa empezó por las divergencias entre partidos por la presencia de la OLP en Líbano. Por otro lado existe el miedo a que la población refugiada, si se integra, reconfigure el equilibrio político en el país basado en cuotas de poder según la fuerza numérica de cada religión.

Con el caso de los sirios se teme que pueda pasar algo similar. Efectivamente es fácil apreciar en Beirut que el trato que reciben los nuevos refugiados suele variar según grupo religioso y afiliación política de su interlocutor. Como en el caso de los palestinos, para intentar no variar los frágiles equilibrios políticos en los que se sustenta la paz en Líbano, los refugiados no recibirán nunca la ciudadanía libanesa aunque se queden ahí cincuenta años. Aún es más, el gobierno libanés tiene todos los incentivos para no mejorar la calidad de vida de los refugiados, con la esperanza de que los sirios no se queden en Líbano de forma indefinida como pasó con los refugiados palestinos. Cabe matizar que estos últimos no tenían alternativa.

El contraste entre el Líbano y Europa es claro. Mientras que Europa, rica i poderosa, rehuye sus obligaciones en derecho de asilo, un pequeño país, caracterizado por la inestabilidad política, acepta el equivalente a un cuarto de su población quizás hipotecando su futuro. Según Eurostat, el saldo entre entradas y salidas en Europa se mantiene estable desde el 2009 hasta 2014, y todo esto, pese a la guerra en Siria, Iraq, Libia y Yemen, y pese al continuo martilleo mediático de la crisis de los refugiados. En 2015 hay un pico de entradas, pero nada que numéricamente nos haga suponer que nos encontramos ante una ola de inmigración sin precedentes, incontrolable, desbordante, que justifique cerrar nuestras fronteras. ¿Por qué hablamos de crisis migratoria si los números son irrisorios? Tendríamos que tener claro que el problema no son los refugiados que llegan a nuestras costas huyendo de la guerra, el problema somos nosotros. En vez de hablar de crisis migratoria o crisis de los refugiados tendríamos que empezar a hablar de crisis ética (europea), crisis de valores (europeos) o crisis de proyecto (europeo). En definitiva, crisis de percepción sobre donde radican los reales problemas de Europa y sobre nuestras propias posibilidades.

AUTOR:

Adrià Rivera Escartin. 1993. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la UPF. Actualmente, estudiante de máster en Derechos Humanos y Acción Humanitaria en Sciences Po Paris. Ha realizado prácticas en Médicos Sin Fronteras en Barcelona y en la Embajada Española en Líbano. Ha colaborado con Paris Globalist. Interesado en las relaciones internacionales y Derechos Humanos.

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